Internacional / Cien años de la revolución rusa

El papel de los soviets en la revolución

El papel de los soviets en la revolución
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Nuestra democracia frente a la de los patrones

Los historiadores y periodistas al servicio del capital afirman que las ideas de Lenin y los bolcheviques eran “totalitarias”, usando como ejemplo de eso a las dictaduras de la camarilla burocrática que terminó usurpando el poder en la ex URSS. Sin embargo, el estado soviético fundado por Lenin y Trotsky no solo no tuvo nada que ver con esas tiranías disfrazadas de revolucionarias, sino que fue mucho más democrático que la propia “democracia” de los políticos patronales.

Antes que nada, hay que aclarar que la función del estado burgués y sus instituciones -en democracia o en dictadura- es garantizarle a la minoría de ricos y poderosos, la burguesía, el quedarse con las riquezas producidas por la mayoría de la sociedad. A eso hay que sumarle que, en democracia, la política suele estar en manos de abogados, periodistas, y demás profesionales allegados al capital; quedando la acción de las grandes masas limitada a votar cada tanto tiempo.
Por eso, aunque los socialistas revolucionarios aprovechamos las elecciones y las mezquinas libertades que nos ofrece la democracia para divulgar nuestras propuestas y organizar a los trabajadores; combatimos las ilusiones que los representantes del capital y sus aliados siembran en las masas respecto de lo que se puede conseguir con la democracia de los patrones. Frente a esta democracia y sus instituciones, garantes de la explotación de la clase obrera por el capitalismo; proponemos la nuestra, la de las organizaciones obreras, para construir una sociedad libre de explotación y opresión.

“¡Todo el poder a los soviets!”

La revolución rusa demostró por primera vez que los trabajadores no solo podemos gobernar, y hacerlo mejor que la burguesía; sino que enseñó de qué manera, a través de qué instituciones debe gobernar la clase obrera.
Esas instituciones fueron los soviets, consejos obreros y populares formados por delegados elegidos por los trabajadores en las fábricas y barrios obreros, que podían ser revocados en cualquier momento que las asambleas considerasen que no cumplían con sus mandatos. Estos soviets habían surgido para coordinar las acciones de lucha obrera y popular, y conforme fue creciendo la movilización, su autoridad fue aumentando hasta desafiar en toda regla el poder de la patronal y sus instituciones; ejerciendo de hecho el gobierno en diferentes zonas.
Viendo que los soviets expresaban las capacidades, la conciencia y la voluntad transformadora de las masas obreras y populares, Lenin entendió -e hizo entender a la dirección bolchevique- que los soviets debían ser el único gobierno en toda Rusia, desbaratando las instituciones patronales e imponiendo el poder político de la clase obrera y el pueblo trabajador, para desde allí empezar a resolver los males del capitalismo. Todo esto se planteó en la consigna “todo el poder a los soviets”. Y eso se concreto cuando en octubre de 1917, el partido bolchevique dirigió a la clase obrera en la toma del poder. A partir de ese momento los soviets ejercieron la totalidad del poder. Ellos designaban al gobierno, designaban a los jueces y aprobaban las nuevas leyes. Por eso decimos que ésa es la verdadera democracia, la democracia obrera que está al servicio de las mayorías y no de una pequeña minoría como la democracia burguesa que tenemos en la actualidad.

La usurpación de la burocracia

En los años en que la clase obrera tuvo el poder efectivo (de 1917 a 1923), se dieron grandes avances en la economía y en la calidad de vida en el extinto imperio de los zares, a partir de que se expropió a la burguesía las fábricas, los bancos y las grandes tierras.
Pero los desastres causados por la guerra civil, y el fracaso de la revolución en el resto de Europa, agotaron las energías revolucionarias de la clase obrera, que se vio desplazada del ejercicio del poder por la casta de funcionarios, la burocracia soviética, encabezada por Stalin. Aferrándose a sus cargos, estos funcionarios no dudaron en provocar un genocidio monstruoso, dentro y fuera de la Unión Soviética, e impedir, por todos los medios, la movilización de los trabajadores y el renacimiento de la democracia obrera no solo en la URSS, sino hasta en las más pequeñas organizaciones sindicales.
De ese modo, las revoluciones socialistas que lograron triunfar más adelante, después de la Segunda Guerra Mundial, lo hicieron bajo la influencia del stalinismo que dominaba en la URSS y de la mano de hierro de partidos-ejército, regidos por una disciplina militar tanto en la acción como en la discusión. Y esa ausencia de la original democracia obrera, no solo permitió que los voceros del capital tergiversaran las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin, sino que permitió la restauración del capitalismo, de la mano de los mismos que dirigieron esos partidos ejercitos que querían asegurarse sus privilegios transformándose en propietarios, en patrones multimillonarios.
Comparar los métodos bolcheviques con los métodos del estalinismo, es como comparar los métodos asamblearios, de lucha y de lealtad a los compañeros que caracterizan al sindicalismo combativo que practicamos, con los métodos de transa, de decisiones tomadas a espaldas de la base y de dirigentes millonarios, que los principales dirigentes sindicales cultivan.

Abriendo paso a nuestra democracia

El ejemplo de los soviets no ha sido un caso aislado. Por el contrario, organismos así han surgido decenas de veces a lo largo de la historia, aunque en todos esos casos terminaron aislados y desbaratados por sus propios dirigentes.
En la Argentina de hoy, aún no vemos el surgimiento de organismos que pudieran llegar a desempeñar ese papel, como fueron las asambleas populares o la Coordinadora del Alto Valle de Río Negro en 2001. Pero eso no quiere decir que no se pueda ir abonando el terreno para su surgimiento. Para eso, es necesario ir imponiendo en los lugares de trabajo la democracia obrera: las asambleas resolutivas, los comités de lucha, la coordinación entre luchas.
Y junto con esto, es necesario combatir, con paciencia y firmeza, las ilusiones en la democracia patronal, aún en los cargos en manos de organizaciones obreras; así como los intentos de “radicalizar la democracia” dándole algunas características participativas. La democracia patronal sigue siendo la dictadura del capital y su explotación; los socialistas revolucionarios queremos imponer la democracia de los organismos de lucha obrera.
Para que eso se impusiera en Rusia en 1917 fue necesaria la presencia del Partido Bolchevique que funcionaba con una gran democracia interna y al mismo tiempo con una gran disciplina. Un partido obrero e internacionalista, que no confiaba en que la solución pudiera venir de las elecciones, sino de la lucha directa de los trabajadores, los estudiantes y los pobres del campo y de las ciudades. Un partido de ese tipo estamos construyendo en el PSTU, te invitamos a sumarte a esa construcción.

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